Y ¿qué hacéis cuando os sentáis?

Y ¿qué hacéis cuando os sentáis? ¿Pensáis? ¿En qué pensáis? Y si hay que dejar la mente en blanco, ¿cómo lo hacéis?

A lo mejor lo que hacéis es fijaros en el que se ha sentado justo enfrente y pensáis en lo feo que es, o en lo guapo.

Quizá si hablas antes de sentarte a meditar, puedes repasar la conversación mientras meditas, ¿no?

Estas son preguntas que me han expuesto alguna vez personas que han curioseado por la meditación.

Realmente, no se hace nada de eso. Bueno, ni de eso, ni de nada. Se está en quietud y se observa la respiración.

Claro, así dicho, no suena muy útil. ¿Para qué sirve eso?

Bien es cierto que hay meditaciones que tienen una temática, en la que se siguen unas indicaciones que ofrece el facilitador. Al seguir las palabras de este, resulta más cómodo y fácil de entender, porque le ponemos un propósito a eso de sentarnos. No nos sentamos simplemente por sentarnos, sino que vamos tras de un objetivo. Eso es a lo que estamos acostumbrados, a conseguir algo por todo lo que hacemos, y es normal que también queramos obtener algo a cambio de nuestro tiempo.

Y cuando nos sentamos en silencio también conseguimos “cosas”, pero no a simple vista.

Es como cuando no reconoces una música que está sonando y callas unos segundos para darte cuenta de cuál es. Si siguieses hablando, tus propias palabras te confundirían y no conseguirías acertar; pero si permaneces en silencio, oirás y distinguirás la melodía.

Si te sientas a meditar “hablando” (en este caso, escuchando tus pensamientos), oirás esa melodía -la que siempre escuchas-, pero si permaneces en silencio, puede que otra música diferente llegue hasta ti. No hay que tener miedo del silencio, puesto que lo que se escucha, nace dentro de ti y eres tú mismo.

Y ahora viene la pregunta del millón: ¿cómo se permanece en silencio?

No es fácil, pero tratándote con mucho cariño y perseverando, el ruido mental va mitigándose o, al menos, no siendo eso que piensas que eres o el punto central del que parten tus acciones.

Al igual que un bebé que aprende a caminar levantándose cada vez que cae, aunque tropiece miles de veces, también debes levantarte; en nuestro caso, llevar la atención a la respiración una y mil veces, cada vez que se enganche en algún pensamiento. No importa cuántas veces tengas que hacerlo; si lo haces con cariño y perseverancia, ese ruido dejará de molestar tanto. Sentirás que lo que piensas es algo que ocurre en ti, pero que no eres tú.

No se trata de convencer a nadie, porque todo no sirve a todo el mundo y la meditación hay que probarla, si se siente curiosidad, para poder decidir si seguir sentándose en el silencio.

Los tan deseados “efectos” son sutiles y es bueno saber observar y conocerse para darse cuenta de que ya están ahí.

Rumi (1)

 

Sin historia personal

En la mente de cada uno hay una historia que creemos ser, pues solemos creer que somos lo que pensamos.

Cuando nos damos cuenta de que los pensamientos están en nosotros, pero que no somos nosotros, vemos cómo nuestra historia personal pierde solidez y credibilidad.

No tenemos un pasado ni un futuro al que aferrarnos, puesto que en este único momento que tenemos -el presente-, pasado y futuro son solo ideas.

Pero, ¿qué ideas son nuestras y qué ideas nos han inculcado padres, hermanos, abuelos, profesores, vecinos…?

“¡Fíjate cómo corre!”, decía mi abuela. Cualquiera podría pensar que era una gacela, pero simplemente era que a los ojos de mi abuela, yo corría veloz. Y crecí con la idea de que era rápido corriendo, puesto que a mi abuela le gustaba repetírmelo muchas veces.

“¡Eres más cabezota que tu abuelo!”, decía mi madre. Posiblemente, mi madre discutiera con mi abuelo y pensara que era un cabezota cuando no cedía. Si yo, alguna vez, le discutí algo y le recordé a mi abuelo, ella comenzó a decirme que era como él -cabezota, testarudo y que nunca daba mi brazo a torcer-, y yo me lo creí (aunque mi padre no pensara igual).

Hay una parte de todas estas creencias que, dependiendo de cómo nos llegue y de parte de quién nos llegue, nos afecta más o menos y la hacemos nuestra o la dejamos pasar. En edades tempranas, queremos pertenecer al clan porque eso nos salva. No queremos ser expulsados, así que intentamos encajar y no desechamos estas ideas que vienen de personas tan importantes dentro del grupo.

Pero, como podemos ver, estas particularidades de nuestro carácter, provienen de anécdotas, de circunstancias como el que yo corriera delante de mi abuela o de que discutiera con mi madre. Nada de esto muestra mi esencia y, sin embargo, lo dejo pasar hasta el interior, creyendo que conforma mi forma de ser. Quizá mi hermano corría más rápido que yo y, por lo que fuera, mi abuela solo me veía a mí…

Ahondemos en nuestra esencia dejando aparte la historia que nos contamos siempre. Re-conozcámonos (volvamos a conocernos), sin miedo, ya que no debe asustarnos lo que somos.

Luz

El deseo de luz produce luz.
Hay verdadero deseo cuando hay esfuerzo de atención.
Es realmente la luz lo que se desea cuando cualquier otro
móvil está ausente.
Aunque los esfuerzos de atención fuesen durante años
aparentemente estériles,
un día, una luz exactamente proporcional a esos esfuerzos
inundará el alma.
Cada esfuerzo añade un poco más de oro
a un tesoro que nada en el mundo puede sustraer.

Simone Weil

 

No te rindas, aun estas a tiempo
de alcanzar y comenzar de nuevo,
aceptar tus sombras, enterrar tus miedos,
liberar el lastre, retomar el vuelo.

No te rindas que la vida es eso,
continuar el viaje,
perseguir tus sueños,
destrabar el tiempo,
correr los escombros y destapar el cielo.

No te rindas, por favor no cedas,
aunque el frio queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el sol se esconda y se calle el viento,
aun hay fuego en tu alma,
aun hay vida en tus sueños,
porque la vida es tuya y tuyo tambien el deseo,
porque lo has querido y porque te quiero.

Porque existe el vino y el amor, es cierto,
porque no hay heridas que no cure el tiempo,
abrir las puertas quitar los cerrojos,
abandonar las murallas que te protegieron.

Vivir la vida y aceptar el reto,
recuperar la risa, ensayar el canto,
bajar la guardia y extender las manos,
desplegar las alas e intentar de nuevo,
celebrar la vida y retomar los cielos,

No te rindas por favor no cedas,
aunque el frio queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el sol se ponga y se calle el viento,
aun hay fuego en tu alma,
aun hay vida en tus sueños,
porque cada dia es un comienzo,
porque esta es la hora y el mejor momento,
porque no estas sola,
porque yo te quiero.

Mario Benedetti

Artabán, el cuarto Rey Mago

Artabán, junto con Melchor, Gaspar y Baltasar, había hecho planes para reunirse en Borssipa, una ciudad antigua de Mesopotamia, desde donde iniciarían el viaje para adorar al Mesías.

El cuarto rey llevaba consigo gran cantidad de piedras preciosas para ofrecérselas a Jesús, pero cuando viajaba hacia el punto de reunión, encontró a un anciano enfermo, cansado y sin dinero. Artabán se vio envuelto en un dilema: ayudar a este hombre o continuar su camino para reunirse con los otros reyes. Obedeciendo a su noble corazón, decidió ayudar a aquel anciano. Decidido a cumplir su misión, emprendió su camino sin descansar hasta Belén, pero cuál fue su sorpresa: el niño ya había nacido y sus padres José y María habían huido rumbo a Egipto, escapando de la matanza que había ordenado Herodes.

Artabán emprendió su viaje siguiendo los pasos del nazareno, pero por donde él pasaba, la gente le pedía ayuda y él, atendiendo siempre a su noble corazón, ayudaba sin detenerse a pensar que el cargamento de piedras preciosas que cargaba, poco a poco se reducía sin remedio en su andar, Artabán se preguntaba qué podía hacer si la gente le pedía ayuda. ¿Cómo podría no ayudar a quien lo necesitaba?.

Así pasaron los años y en su larga tarea por encontrar a Jesús, ayudaba a toda la gente que se lo pedía. Treinta y tres años después, el viejo y cansado Artabán llegó al monte Gólgota para ver la crucifixión de un hombre que decían era el Mesías, enviado por Dios para salvar al mundo.

Con un rubí en su bolsa y dispuesto a entregar la joya pese a cualquier cosa, justo en el momento frente a él se apareció una mujer que era llevada a la plaza para venderla como esclava y pagar la deuda de su padre. Artabán entregó la piedra preciosa a cambio de su libertad.

Triste y desconsolado se sentó junto al pórtico de una vieja casa y en ese momento la tierra tembló y una piedra golpeó su cabeza. Moribundo y con sus últimas fuerzas, el cuarto rey imploró perdón por no haber cumplido su misión de adorar al Mesías. En ese momento, la voz de Jesús se escuchó con fuerza: “Tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber; estuve desnudo y me vestiste; estuve enfermo y me curaste; me hicieron prisionero y me liberaste”. Artabán , agotado preguntó: “¿Cuándo hice yo esas cosas?” Y justo en el momento en que moría, la voz de Jesús le dijo: “Todo lo que hiciste por los demás lo has hecho por mí, pero hoy estarás conmigo en el reino de los cielos”.

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Entrada tomada del blog:

http://www.teinteresasaber.com/2014/01/artaban-el-cuarto-rey-mago-que-no-llego.html?m=1

Feliz presencia

Como todos los años, llegó la Navidad y las reuniones con la familia.

Me llama la atención la cantidad de veces que he escuchado a la gente desear que ya sea 7 de enero. Y a ver, hoy es 23 de diciembre, con lo que la gente está deseando dejar de vivir 15 días, como poco.

No son días fáciles, pero eso es, sobre todo, si nos dejamos arrastrar por situaciones externas y no escuchamos lo que hay dentro de nosotros. Y no me refiero a dentro de nuestra cabeza, porque probablemente caeríamos en bucles de pensamientos que nos llevarían a desear que llegue de nuevo el 7 de enero ya.

Me refiero a ser fieles a nuestro sentir, a no sentirnos obligados a celebrar algo que no nos apetece, a sentir alegría solo porque es Navidad, a cantar villancicos sin ganas, y tantas otras cosas.

Si decidimos hacer solamente aquello que nos nace del interior, seguramente estaremos más tranquilos, evitaremos muchos mosqueos y sabremos explicar por qué hacemos lo que hacemos.

Tampoco tenemos por qué reírle los chistes al gracioso de nuestro primo, si no nos hacen gracia, pero eso no significa que tendremos que estar en plan mala sombra toda la cena.

Porque nosotros somos los que decidimos cómo sentirnos en cada momento, decidamos vivir con presencia, tranquilidad, amabilidad o aquel sentimiento que nos haga sentir bien y no nos hará gastar más energía de la necesaria.

Os deseo a todos, una feliz presencia. Y si decidís vivir estos días desde la antipatía, la mala leche o el rencor, que sea porque eso es lo que queréis y no porque algo externo decida cómo debéis sentiros.

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Una vez superada esta alergia general por esta época del año, aquí van unos cuantos consejos de atención plena para pasar con buena nota las reuniones familiares y de amigos:

– Antes de iniciar cualquier tarea, ya sea preparar algo de comer, comer o tocar la pandereta, toma dos respiraciones profundas para hacerte consciente de que inicias algo nuevo y de la pausa que se produce entre una y otra actividad.

– Si tienes que estar mucho rato de pie, lleva tu atención a la postura. Fíjate en tus pies, tus piernas y tus caderas, sobre todo, para intentar evitar malas posturas. Los hombros relajados, que se alejen de las orejas.

– Si te toca mover el coche y llegas a una zona donde ya es imposible aparcar, respira dos o tres veces profundamente y confía en que vas a encontrar el sitio que necesitas. Piensa que ningún año te quedaste sin cenar porque no supiste dónde aparcar.

– Si te toca reunirte con familiares con los que no lo pasas bien, antes de llamar al timbre o abrir la puerta, piensa que ellos a lo mejor también están en la misma situación que tú y hazte el propósito de pasarlo lo mejor posible.

– Antes de empezar a comer, siente tu cuerpo y el hambre que tienes para poder decidir hasta dónde quieres comer y beber. Y cuando comiences, intenta no picotear demasiado, pon todo lo que veas que te apetece en el plato y mastícalo bien antes de seguir comiendo. Da las gracias por todos los alimentos que estás comiendo (eso te ayuda a ser más consciente de lo que comes).

– En las conversaciones, intenta escuchar desde el corazón. Si tu abuela te repite la misma historia de siempre o tu madre te dice lo de todos los años, respira dos veces profundamente (o las que sientas que necesitas) antes de contestar y recuerda que te has propuesto pasártelo bien. Si tu tío se ha pasado bebiendo y se pone a despotricar sobre el gobierno o si el pesao de tu primo ya está con los chistecitos de siempre, comprende por qué te lo cuentan y ve más allá de las simples palabras; seguramente no tengan otra manera de intentar pasar ese momento que no les es fácil.

– No estés alegre porque sí e intenta no suplir ese sentimiento con alcohol, porque no va a servir para que te sientas mejor por dentro (solo para evadirte). Dicen por ahí que los problemas saben nadar en alcohol, así  que si quieres ahogarlos, no lo vas a conseguir así.

– Y si vas a salir por la noche, recuerda tu propósito de pasarlo bien sinceramente y, si no te apetece salir o quedarte hasta el final, cógete un taxi y tranquilamente vuélvete a casa. Sé fiel a tu sentir.

¡Que hay prisa!

Últimamente estoy muy sensible a la prisa que se promueve en los medios de comunicación, en especial, la tele.

Ya llegaron los anuncios del Almendro y las luces de navidad se encendieron en la ciudad.

Hace poco, vi un anuncio que hablaba de vivir deprisa, de utilizar una crema antiarrugas que actuaba rápido para parecer enseguida joven y todo ¡ya!. Sí, entiendo que el paso del tiempo no mola y cuanto antes nos quitemos las arrugas de la cara, antes podremos seguir pareciendo jóvenes.

Pero es que es exagerado la manera de empujarnos a vivir a un ritmo demencial. ¿Para qué? Es como cuando te subes al AVE; sí, llegas antes, pero no disfrutas del camino porque no puedes distinguir el paisaje a través de la ventanilla.

En fin, entiendo que esto va en gustos, porque a lo mejor lo que te apetece de verdad es bajar del tren y disfrutar de tu destino, pero es que siento que es una costumbre muy arraigada, incluso cuando vamos al trabajo por la mañana, y no precisamente porque tengamos ganas de llegar.

Lo último que me ha llegado a la velocidad del rayo (es broma…) es un artículo en el que me hablan de Hemi Sync (de manera breve: una tecnología de sonido que envía diferentes tonos a cada oído, con lo que los hemisferios del cerebro generan una tercera señal, la diferencia entre los dos tonos) para conseguir meditar más profundamente de manera más rápida.

Y yo me pregunto ¿para qué? ¿Para qué quiero llegar a esos estados más rápido? Sí, ya sé, es como lo del AVE, para poder disfrutar de la parte chula de la meditación antes. Pero es que meditar no es solamente estar en el Nirvana, ni siquiera se trata únicamente de estar en la serenidad del momento, si no sé ni cómo he llegado a ese momento. Como pasa en el tren de alta velocidad, me voy a perder el paisaje y a lo mejor también, a algún compañero de viaje interesante y que pueda resultar de incalculable valor en mi crecimiento. Es como pagar a alguien para que te haga los exámenes y conseguir un título universitario sin haber ido nunca a clase.

Lo siento, no comparto este modo de verlo, porque para mí es contradictorio con lo que siento y he aprendido que es la meditación. La meditación es vivir en coherencia con lo que piensas y sientes y, para ello, no descarto nada, ni las “sentadas buenas”, ni las “sentadas malas”. Todo va en mi equipaje y gracias a todos los momentos vividos, voy caminando y haciendo mi camino.

Pero menos mal que no todo son prisas y que también hay campañas de publicidad en las que se promueve el disfrutar del viaje, como esta que ha sacado recientemente el Metro de Madrid, en la que ¡hasta te regalan “más tiempo”!: