Una niña observa atenta

El fin de semana pasado asistí a una «meditacíon zen» donde se iba a explicar tantra, o eso era lo que anunciaban.

Yo llegaba tarde y pensé que sería buena idea avisar, porque no quería «interrumpir» haciendo ruido al entrar. Avisé a la chica que tenía de contacto para las inscripciones y me dijo que no había problema, que entrara cuando llegase. Cuando vi el plan que había al llegar, comprendí por qué no pasaba nada. Yo me había imaginado que estarían todos sentados en sus cojines y que iba a molestar, pero nada que ver. Aquello parecía el final del banquete de una boda, más que una meditación.

Se puede decir que era una megareunión de asiduos a este tipo de eventos que, de entrada y sin esperar a caldear el ambiente, estaban tan felices de reencontrarse que se saludaban bailando y moviéndose por todo el salón.

Como dice un amigo con el que fui, mejor podían haberlo llamado «desmadre del sábado», porque yo no vi ni zen ni tantra.

Lo que sí que hubo fue amor y de muchos tipos. Lo hubo falsete, desproporcionado, cariñoso, de koala, blandito, sensual, a uno mismo, con reservas… Bueno, realmente, esto no son tipos de amor sino maneras de mostrarlo y no sé si todas muestran amor al final, pero ahí estuvo el experimento.

Esta semana me he enterado de que lo habitual en estas reuniones es, sobre todo, bailar sin parar y realizar dinámicas para descargar los malos rollos.

Lo que no me gustó fue la manera en que me sentí; sí la manera en que me cuidé. Podríamos decir que practiqué el amor propio y hacer lo que en otras ocasiones no me hubiera permitido, que fue largarme cuando no habían pasado ni dos horas desde que entré —y es que duraba unas 5 horas…

Recapacitando un poco, llego a la conclusión de que hay mucha necesidad de sentirse querido, incluido en el grupo y feliz. Y hay maneras y maneras de conseguirlo; no estoy diciendo que esta no esté bien, solo que no es la manera en que yo siento de verdad.

No puedo estar bien cuando el sentimiento viene impuesto desde fuera porque, si no lo siento dentro, si no hay una correspondencia dentro de mí que diga «ajá, esto es», no tiene ningún sentido.

Respeto, escucha y atención me parecen herramientas importantísimas a la hora de intentar hacer llegar a los demás este sentir. Despacio, dejando que la otra persona vaya colocando las piezas, no así, ¡hala, de repente!.

Desde chiquitita, nunca me ha gustado que me llamaran «sosa» y me empujaran a bailar o a pasármelo bien, como los demás pensaban que yo me lo iba a pasar bien. No entendían que yo siempre he disfrutado mucho estando a un lado, observando, aprendiendo. Y no por no mover el cuerpo dejaba de estar feliz. Lo que me dolía era que el grupo no lo entendiera ni lo compartiera o que me respetara, al menos. Entonces, intentaba reajustar todo para pertenecer al grupo y perdía mi identidad sin darme cuenta.

Cuando creces, es duro hacerte un hueco y permanecer impasible ahí, con tu amor propio inalterado, estando en lo que es y, ahora que sabes de qué va todo este jaleo un poco mejor, toca aprender a desaprender todo lo que te haya podido pasar.

Aun así, los resortes automáticos saltan cuando menos lo esperas y lo mejor es estar atento para ir tomando nota y seguir desaprendiendo, sin miedo, con curiosidad y, sobre todo, con respeto.

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Foto: Vanitatis
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Una bolsa más

Mi madre suele decir “bolsas del revés, bolsas otra vez” y es que vivimos rodeados de plástico y, sobre todo, de bolsas. Pero esta entrada no tiene el propósito de reeducar nuestro sentido común y evitar utilizar tanto plástico en nuestra vida.

Esta entrada es solo una evocación a una imagen que se me viene a veces, sobre todo en momentos de mucho peso mental, de muchas emociones chocando en la cabeza y el corazón. En esta imagen me veo como una bolsa y eso me ayuda, primero, a desidentificarme un momento de mi persona y, segundo, a jugar con el concepto de bolsa, ya que es un objeto que solemos llenar de muchas cosas (a veces útiles, a veces inútiles) y cuando llegamos a casa la vaciamos.

Si tenemos en cuenta que nosotros ya estamos en casa, que ya hemos llegado (estoy hablando de forma metafórica), supuestamente tendríamos que tener una bolsa vacía, pero eso es casi imposible.

Es en momentos que me rebasan las ideas, los conceptos, en que me agobian los supuestos, los planes, las incertidumbres, en los que me gusta sentirme como una bolsa que el aire va llevando de un lugar a otro y, como si estuviera meditando, me lleno y vacío de aire constantemente, nada más, dando vueltas sin miedo, sin vértigo. Todo fácil, juego.

Y cuando busco una imagen que pueda sugerir la idea que quiero transmitir, me encuentro esta belleza de vídeo que habla por sí solo: https://www.youtube.com/watch?v=gHxi-HSgNPc&t=138

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El mago de Oz

Hace un tiempito, vi en la tele “Oz, un mundo de fantasía”, la precuela del mago de Oz, interpretada por James Franco. Es una peli que no tiene muy buenas críticas, pero yo me quedo con la esencia de la historia.

Trata de un mago de 3 al cuarto que llega por accidente a Oz y pasa a ser el todopoderoso Mago de Oz. Decide mentir sobre quién es para que no le expulsen de allí, pero para ir al grano de lo que quiero contar, simplemente diré que para llegar a ser el Mago de Oz, trasciende el personaje que se ha creado en su vida cotidiana. Comienza a conocerse mejor y se da cuenta de que en la magia no solo hay que tener poderes sobrenaturales. El crecimiento del personaje, a pesar de la fantasía de la película, es gradual, alcanzable para un humano. De hecho, él hace trucos desde el ingenio cuando comienza a darse cuenta de que tiene lo que necesita para ser el mago que andan buscando en la ciudad Esmeralda. Es decir, todos podemos llegar a ser ese mago.

La peli tiene frases de poder, como “Eres capaz de más de lo que crees” o “No tenemos nada que temer mientras creamos”. O más profundas, como la que pongo en la foto: “El hogar es un lugar que todos debemos encontrar, muchacho. No es solo el lugar donde comes y duermes. Tu casa es conocer. Conocer tu mente, conocer tu corazón, conocer tu valor. Si nos conocemos a nosotros mismos, siempre estaremos en casa en cualquier lugar.”

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Por otro lado, los personajes de la historia clásica —el león, el espantapájaros y el hombre de hojalata— son 3 personajes de un gran simbolismo, puesto que el león está buscando el coraje, el espantapájaros un cerebro y el hombre de hojalata un corazón.

Es decir, están buscando los 3 centros neurálgicos que todos poseemos (cerebro, corazón y tripas).

Son ayudados por una niña que se ha perdido y que representa la inocencia, puesto que los ojos de un niño van más allá de las máscaras de los adultos o sus poses y mentiras.

Pero, ¿por qué un león, el rey de la selva, iba a estar buscando su mejor cualidad? ¿Cuántos leones conocemos en nuestra vida que no son tan valientes como aparentan? Quizá no lo sepamos, pero muchos. Y no nos lo van a contar, porque en ello les va la vida.

En cambio, hay “tontorrones” que les da lo mismo lo que se pueda pensar de ellos y suelen tener otras características que equilibran su personalidad. El espantapájaros de la película compensa su falta de cerebro siendo simpático.

Y el corazón que está buscando el hombre de hojalata es algo de lo que vivimos desconectados muchos. Casi todos hacemos más caso de lo que nos dice nuestra mente que de lo que sentimos.

Los tres emprenden un viaje para pedir al gran mago de Oz que les ayude a recuperar lo que piensan que les falta y lo hacen junto a Dorothy, que solo quiere volver a casa, porque “no hay ningún lugar como tu casa”. Y siguen el camino de baldosas amarillas para no perderse sabiendo que detrás del arco iris está lo que buscan.

Todo lo que buscan estos personajes vive en su interior y en el de todos. La historia quiere mostrarnos cómo ya somos ese león, ese hombre de hojalata, ese espantapájaros y el niño que todos llevamos dentro. El viaje, en realidad, es un viaje hacia nuestro interior, para conocer a ese mago que todos podemos ser.

Un viaje dentro de un sueño para enseñarnos a apreciar lo que todos llevamos dentro y que nos empeñamos en buscar fuera.

Y ¿qué hacéis cuando os sentáis?

Y ¿qué hacéis cuando os sentáis? ¿Pensáis? ¿En qué pensáis? Y si hay que dejar la mente en blanco, ¿cómo lo hacéis?

A lo mejor lo que hacéis es fijaros en el que se ha sentado justo enfrente y pensáis en lo feo que es, o en lo guapo.

Quizá si hablas antes de sentarte a meditar, puedes repasar la conversación mientras meditas, ¿no?

Estas son preguntas que me han expuesto alguna vez personas que han curioseado por la meditación.

Realmente, no se hace nada de eso. Bueno, ni de eso, ni de nada. Se está en quietud y se observa la respiración.

Claro, así dicho, no suena muy útil. ¿Para qué sirve eso?

Bien es cierto que hay meditaciones que tienen una temática, en la que se siguen unas indicaciones que ofrece el facilitador. Al seguir las palabras de este, resulta más cómodo y fácil de entender, porque le ponemos un propósito a eso de sentarnos. No nos sentamos simplemente por sentarnos, sino que vamos tras de un objetivo. Eso es a lo que estamos acostumbrados, a conseguir algo por todo lo que hacemos, y es normal que también queramos obtener algo a cambio de nuestro tiempo.

Y cuando nos sentamos en silencio también conseguimos “cosas”, pero no a simple vista.

Es como cuando no reconoces una música que está sonando y callas unos segundos para darte cuenta de cuál es. Si siguieses hablando, tus propias palabras te confundirían y no conseguirías acertar; pero si permaneces en silencio, oirás y distinguirás la melodía.

Si te sientas a meditar “hablando” (en este caso, escuchando tus pensamientos), oirás esa melodía -la que siempre escuchas-, pero si permaneces en silencio, puede que otra música diferente llegue hasta ti. No hay que tener miedo del silencio, puesto que lo que se escucha, nace dentro de ti y eres tú mismo.

Y ahora viene la pregunta del millón: ¿cómo se permanece en silencio?

No es fácil, pero tratándote con mucho cariño y perseverando, el ruido mental va mitigándose o, al menos, no siendo eso que piensas que eres o el punto central del que parten tus acciones.

Al igual que un bebé que aprende a caminar levantándose cada vez que cae, aunque tropiece miles de veces, también debes levantarte; en nuestro caso, llevar la atención a la respiración una y mil veces, cada vez que se enganche en algún pensamiento. No importa cuántas veces tengas que hacerlo; si lo haces con cariño y perseverancia, ese ruido dejará de molestar tanto. Sentirás que lo que piensas es algo que ocurre en ti, pero que no eres tú.

No se trata de convencer a nadie, porque todo no sirve a todo el mundo y la meditación hay que probarla, si se siente curiosidad, para poder decidir si seguir sentándose en el silencio.

Los tan deseados “efectos” son sutiles y es bueno saber observar y conocerse para darse cuenta de que ya están ahí.

Rumi (1)

 

Sin historia personal

En la mente de cada uno hay una historia que creemos ser, pues solemos creer que somos lo que pensamos.

Cuando nos damos cuenta de que los pensamientos están en nosotros, pero que no somos nosotros, vemos cómo nuestra historia personal pierde solidez y credibilidad.

No tenemos un pasado ni un futuro al que aferrarnos, puesto que en este único momento que tenemos -el presente-, pasado y futuro son solo ideas.

Pero, ¿qué ideas son nuestras y qué ideas nos han inculcado padres, hermanos, abuelos, profesores, vecinos…?

“¡Fíjate cómo corre!”, decía mi abuela. Cualquiera podría pensar que era una gacela, pero simplemente era que a los ojos de mi abuela, yo corría veloz. Y crecí con la idea de que era rápido corriendo, puesto que a mi abuela le gustaba repetírmelo muchas veces.

“¡Eres más cabezota que tu abuelo!”, decía mi madre. Posiblemente, mi madre discutiera con mi abuelo y pensara que era un cabezota cuando no cedía. Si yo, alguna vez, le discutí algo y le recordé a mi abuelo, ella comenzó a decirme que era como él -cabezota, testarudo y que nunca daba mi brazo a torcer-, y yo me lo creí (aunque mi padre no pensara igual).

Hay una parte de todas estas creencias que, dependiendo de cómo nos llegue y de parte de quién nos llegue, nos afecta más o menos y la hacemos nuestra o la dejamos pasar. En edades tempranas, queremos pertenecer al clan porque eso nos salva. No queremos ser expulsados, así que intentamos encajar y no desechamos estas ideas que vienen de personas tan importantes dentro del grupo.

Pero, como podemos ver, estas particularidades de nuestro carácter, provienen de anécdotas, de circunstancias como el que yo corriera delante de mi abuela o de que discutiera con mi madre. Nada de esto muestra mi esencia y, sin embargo, lo dejo pasar hasta el interior, creyendo que conforma mi forma de ser. Quizá mi hermano corría más rápido que yo y, por lo que fuera, mi abuela solo me veía a mí…

Ahondemos en nuestra esencia dejando aparte la historia que nos contamos siempre. Re-conozcámonos (volvamos a conocernos), sin miedo, ya que no debe asustarnos lo que somos.

Luz

El deseo de luz produce luz.
Hay verdadero deseo cuando hay esfuerzo de atención.
Es realmente la luz lo que se desea cuando cualquier otro
móvil está ausente.
Aunque los esfuerzos de atención fuesen durante años
aparentemente estériles,
un día, una luz exactamente proporcional a esos esfuerzos
inundará el alma.
Cada esfuerzo añade un poco más de oro
a un tesoro que nada en el mundo puede sustraer.

Simone Weil

 

No te rindas, aun estas a tiempo
de alcanzar y comenzar de nuevo,
aceptar tus sombras, enterrar tus miedos,
liberar el lastre, retomar el vuelo.

No te rindas que la vida es eso,
continuar el viaje,
perseguir tus sueños,
destrabar el tiempo,
correr los escombros y destapar el cielo.

No te rindas, por favor no cedas,
aunque el frio queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el sol se esconda y se calle el viento,
aun hay fuego en tu alma,
aun hay vida en tus sueños,
porque la vida es tuya y tuyo tambien el deseo,
porque lo has querido y porque te quiero.

Porque existe el vino y el amor, es cierto,
porque no hay heridas que no cure el tiempo,
abrir las puertas quitar los cerrojos,
abandonar las murallas que te protegieron.

Vivir la vida y aceptar el reto,
recuperar la risa, ensayar el canto,
bajar la guardia y extender las manos,
desplegar las alas e intentar de nuevo,
celebrar la vida y retomar los cielos,

No te rindas por favor no cedas,
aunque el frio queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el sol se ponga y se calle el viento,
aun hay fuego en tu alma,
aun hay vida en tus sueños,
porque cada dia es un comienzo,
porque esta es la hora y el mejor momento,
porque no estas sola,
porque yo te quiero.

Mario Benedetti